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A cien años de la Semana Trágica

Jueves 24 de septiembre de 2009, por Robert Paris

1909: Barcelona en llamas

Entre el 26 y el 31 de julio de 1909 los obreros de Barcelona protagonizaron una revuelta contra la guerra colonial y contra la iglesia. El episodio que la burguesía llamó «Semana Trágica» se cerró con una represión brutal, pero demostró el potencial del proletariado e hizo tambalear el régimen de la monarquía de Alfonso XIII, que quedó tocada de muerte. Cien años después, cuando aún pervive la lectura escandalizada por la quema de conventos, recordamos el movimiento revolucionario, precedente al de julio del 36.

En 1909 las condiciones de vida en los barrios de trabajadores eran dramáticas: 60% de analfabetismo, jornadas laborales de más de 12 horas, sueldos de miseria que contrastaban con una inflación galopante por las políticas arancelarias de protección de una industria obsoleta. El coste mínimo de supervivencia de una familia era de 112 pesetas mensuales y el salario medio era de 4 pesetas al día. Unos 20.000 niños trabajaban, sobre todo en el textil. Pese a la dura represión, el movimiento obrero intentaba abrirse camino desde finales del siglo XIX, con la creación de los primeros sindicatos. En 1902 se produjo la primera huelga general en Barcelona, que se prolongó una semana y acabó con la mayoría de las nacientes organizaciones de trabajadores clausuradas. Dos años más tarde nacía Solidaridad Obrera, el primer intento de unificar diversos sectores en una central sindical.

En mayo de 1909, contaba con más de 15.000 afiliados en Barcelona y cercanías. En su interior, bajo la influencia de la revolución rusa de 1905, sectores del anarquismo evolucionaban desde la vieja estrategia bakuninista de la acción ejemplar hacia la apuesta por un movimiento de masas revolucionario. También el PSOE y la UGT jugaban un papel dentro de la Solidaridad, pero su política de rechazo a la huelga general, tildándola de aventurerismo anarquista, y su obcecación por potenciar las instituciones gubernamentales de reforma social para conseguir mejoras económicas provocaron una profunda crisis en sus filas.

En 1909 el Partido Radical de Lerroux tenía una gran influencia sobre la clase trabajadora y ganó con mayoría absoluta las elecciones en Barcelona. Su objetivo era crear un partido que limitase el peso del catalanismo y a la vez apartase al movimiento obrero de cualquier proyecto revolucionario. Fue precisamente Lerroux quién fundó la primera Casa del Pueblo en Barcelona y creó las primeras redes de beneficiencia y protección social para los sectores más empobrecidos.

En este contexto, la monarquía se embarcó en una nueva aventura colonial en Marruecos. Después de la pérdida, en 1898, de las últimas colonias americanas, que había herido el orgullo de los militares, la burguesía española (y sobre todo la catalana, con una industria que dependía en gran medida de las exportaciones a los mercados protegidos coloniales) necesitaba hacerse un espacio. El empresario Eusebi Güell, asociado al conde de Romanones, tenía un complejo minero cerca de Melilla. El tercer socio, el marqués de Comillas, era además el amo de la Transatlántica, la compañía que se encargaría de transportar las tropas desde la península hasta Marruecos. Los embarques se hacían en Barcelona.

Para frenar las aspiraciones de Alemania y Gran Bretaña, Francia había acordado con la monarquía española repartirse Marruecos en dos zonas de influencia. Contra el dominio colonial surgió un movimiento de resistencia y el gobierno, presidido por el conservador Antonio Maura (que caería debido a la Semana Trágica y con él el decimonónico sistema de turno de partidos), decidió el inicio de la guerra cuando el 9 de julio los rifeños atacaron las minas españolas.

El gobierno movilizó inmediatamente a los reservistas, que eran básicamente obreros, en muchos casos cabezas de familia. Los burgueses se libraban de ir a la guerra pagando una redención de 1.500 pesetas o enviando un «sustituto». Con la experiencia de los muertos y mutilados del 98, era evidente que se volvía a derramar sangre obrera para defender los intereses de los privilegiados.

El domingo 18 de julio embarcaban en Barcelona los primeros regimientos formados por reservistas. Sus mujeres encendieron la llama de la revuelta indignadas cuando, como era costumbre, numerosas mujeres burguesas se acercaron al puerto para despedir a los soldados y entregarles tabaco, estampitas y escapularios. Durante toda la tarde las trabajadoras protagonizaron manifestaciones por el centro de la ciudad, que serían duramente reprimidas. El mismo día, el II Congreso de la Federación Socialista de Catalunya aprobaba una campaña contra la guerra.

Enseguida comenzó a circular entre las organizaciones obreras la idea de una huelga general para parar la guerra imperialista. El martes llegaron noticias de la muerte de los primeros reservistas en Marruecos, que calentaron más el ambiente. Al día siguiente, un mitin de los socialistas en Terrassa, con más de 4.000 obreros, aprobó una resolución para la convocatoria de la huelga general. Finalmente la UGT acabó convocándola en todo el estado para el 2 de agosto. Pero todo se aceleró el sábado, al saberse la muerte de 26 soldados a manos de los rifeños. La respuesta era inaplazable y Solidaridad Obrera lanzó la convocatoria para el lunes 26. El comité central de huelga estaba formado por un socialista, un sindicalista y un anarquista.La huelga fue ratificada por una asamblea de delegados de fábrica de toda la comarca.

Huelga general e insurrección

La huelga tuvo un seguimiento masivo y paralizó Barcelona. Las mujeres fueron las más activas en los piquetes. Sólo hubo enfrentamientos destacables para parar los tranvías, que el gobierno intentó sin éxito mantener en funcionamiento. En las principales poblaciones catalanas como Sabadell, Terrassa, Granollers, Vilanova, Sitges, Mataró, Manresa la huelga también fue unánime.

Los trabajadores asaltaron cuarteles y se enfrentaron con la Guardia Civil y la policía. Algunos presos políticos fueron liberados de las comisarías. Se cortaron las líneas de ferrocarril y se levantaron barricadas en toda la ciudad. Soldados y policías se negaban a reprimir a los manifestantes. El gobierno obligó a dimitir al gobernador civil, Ossorio que no quería utilizar el ejército por temor a que confraternizara con los trabajadores.

En algunas ciudades del área metropolitana se constituyeron Juntas Revolucionarias que sustituyeron a los ayuntamientos, pero en Barcelona no se llegó a generar un doble poder. El comité central de huelga quedó desbordado: había previsto una movilización pacífica para obligar al gobierno a atajar la guerra y se encontraba al frente de una insurrección obrera que las instituciones no podían sofocar.

Tampoco los anarcosindicalistas tenían un p r o g r a m a claro, convencidos de que el gobierno caería simplemente por el hecho de alargar la huelga. De hecho fueron los propios trabajadores quién decidieron continuar la huelga el martes: el comité ni siquiera se pronunció.

En lugar de tomar el poder en Barcelona y extender el movimiento al conjunto del Estado, Solidaridad Obrera y el comité de huelga llamaron a la puerta de los partidos republicanos, tanto de los radicales como de los catalanistas para que proclamasen la república y tomasen la dirección política del movimiento.

Como explicará Andreu Nin en un artículo publicado en 1933, «los obreros barceloneses, sin una organización o un partido político que les orientara, se vieron desamparados y concentraron su furor en los conventos y las iglesias, personificación tangible, a sus ojos, de la reacción.

La organización obrera, después de haber declarado la huelga general, creía haber cumplido ya con su misión.

Ahora, según ella, eran los partidos republicanos los que debían entrar en acción y canalizar el movimiento en el sentido de la lucha decisiva contra la monarquía. Pero en vano los delegados del comité de huelga, único organismo directivo del movimiento, visitaron a los líderes republicanos para solicitarles se pusieran al frente de la insurrección. Unos habían desaparecido, otros se escondían en el desván, otros se los echaban de encima a cajas destempladas.

A la hora de las responsabilidades, todos se volvían atrás». Tampoco llegó la extensión del movimiento en el resto del Estado. El gobierno presentó los hechos de Barcelona como una revuelta separatista y la lucha quedó aislada.

La quema de conventos

Sin una dirección política, el movimiento se tiró a la quema de iglesias, conventos y escuelas católicas. La iglesia era una institución profundamente odiada por los sectores populares. Las razones de la fuerza del anticlericalismo en la historia del Estado español se tienen que buscar en el enorme poder económico de la Iglesia (a principios de siglo controlaba un tercio de la riqueza total del país), de la cual hacía ostentación con casi 400 conventos sólo en Barcelona y su fusión con capitalistas y terratenientes.

Además hacía funcionar sus negocios con mano de obra esclava (huérfanos y monjas), con lo cual presionaba a la baja los salarios de todo el mundo. Así lo explicaba José Comaposada, participante en la Semana Trágica. «¿De dónde proceden tan cuantiosos capitales? Ya lo hemos dicho: en su inmensa mayor parte de la doble e inicua explotación que en estos edificios se realiza, de la que tocan dolorosas consecuencias, no solo los infelices desgraciados a quienes el fatal destino ha llevado a aquellos antros, sino a miles y miles de obreras de todos los oficios, obligadas a morir trabajando día y noche para ganar jornales indignos por lo bajos, pues por mucho que se dejen explotar, pesa siempre sobre ellas como losa de plomo la amenaza de la confección del convento.

Además, la Iglesia monopolizaba un sistema educativo concebido para consolidar las diferencias de clase. En tercer lugar, históricamente había sido el centro de la reacción, contra toda idea de libertad y de progreso.

Los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de explicar hasta qué punto la quema de conventos fue un movimiento espontáneo o fomentado por el Partido Radical de Lerroux, que prefería que los obreros atacasen iglesias en lugar de ocupar las fábricas y tomar el poder político. Unos 80 edificios ardieron aquella semana. Pero, contra lo que aseguraba la propaganda burguesa, se preservó la integridad de los frailes y monjas y no se produjeron pillajes. En el convento de los Jerónimos, de rigurosa clausura, un grupo profanó las tumbas buscando las pruebas de las torturas y asesinatos que las leyendas populares atribuían a este tipo de establecimientos. Al ver que todos los cuerpos tenían atadas las manos y los pies (como correspondía a la tradición medieval), quisieron llevarlos al Ayuntamiento para que los regidores certificasen los martirios.

La macabra procesión por la ciudad, a pesar de que anecdótica, se utilizó después para justificar una brutal represión.

La represión

Sin objetivos políticos claros, la revolución comenzó a perder fuerzas. Llegaron centenares de Guardias Civiles y el gobierno recuperó el control de la ciudad. El sábado se liquidaron las últimas barricadas en los barrios obreros del Clot y Horta. Durante la semana, decenas de trabajadores habían sido asesinados por francotiradores («los hombres del terrado»), pero recuperado el control, el gobierno impuso una represión a gran escalera, reclamada por la burguesía catalana, que antes era burguesa que catalanista. Hasta noviembre se mantuvo la ley marcial. Con una campaña para promover la delación, más de 2.500 trabajadores fueron encarcelados en el castillo de Monjuïch, la cárcel Modelo y la antigua, e incluso en barcos. En el resto de Catalunya el número de presos es incalculable. Cinco personas fueron ejecutadas, entre ellos un joven con síndrome de down acusado de bailar con el cadáver de una monja. 59 fueron condenados a cadena perpetua y 175 fueron desterradas. Todos los locales sindicales, centros, sociedades obreras y sedes republicanas se clausuraron. También las escuelas racionalistas.

La víctima más conocida fue el pedagogo Ferrer i Guardia, fundador de la Escuela Moderna, que no había estado implicado en la revuelta, pero se convirtió en cabeza de turco. La farsa de su juicio y su asesinato dieron lugar a manifestaciones en todo el mundo, hasta la Patagonia rebelde.

El gobierno pretendía imponer un castigo ejemplar al movimiento obrero, pero pese a la amplitud de la represión los mismos trabajadores protagonizarían, nueve años más tarde el llamado Trienio Bolchevique. (1)

Un punto de inflexión

La Semana Trágica marca un antes y un después en la historia de la lucha de clases española. El sistema político de la Restauración, basado en el turno pacífico de conservadores y liberales en el poder, en base a las redes caciquiles, entró en crisis. Alfonso XIII destituyó a Maura tras la oleada de movilizaciones en todo del mundo contra la represión en Barcelona.

La monarquía también renunció a la campaña colonial, sin haber alcanzado sus objetivos y preparando la nueva Guerra del Rif, que empezaría dos años más tarde.

La revolución de Barcelona demostró la naturaleza de la gran burguesía catalana, que abandonó cualquier intento de autogobierno para entrar, temerosa de la clase obrera, en los sucesivos gobiernos de Madrid con ministros de la Liga Regionalista.

También se evidenciaron los límites del proyecto del radicalismo lerrouxista, con unos dirigentes desprestigiados que se pasarían abiertamente a la reacción. La incapacidad del resto de partidos republicanos fue clara a los ojos de la clase obrera, y sólo la alianza que les ofreció el PSOE les permitió mantener una influencia significativa hasta la proclamación de la II República.

En el seno del movimiento obrero, el PSOE y la UGT ganaron peso fuera de Catalunya con las campañas de solidaridad con los represaliados de la Semana Trágica.

Por el contrario, en Catalunya no se olvidarán sus dudas y la negativa a extender el proceso. La UGT abandonó la Solidaridad Obrera, acusando a los anarquistas de violentos. El sindicato quedará en manos de los anarcosindicalistas, que a pesar de estar también faltos de una orientación política, habían demostrado su combatividad. En 1910 constituirán la CNT, de ámbito estatal, que se convertirá en la principal fuerza sindical catalana.

Notas:

1) Entre 1918 y 1921se produjo un aumento de la movilización obrera y campesina como consecuencia del triunfo de la revolución rusa. Además de las luchas en el campo andaluz, en Barcelona se produjeron importantes enfrentamientos entre la policía y el ejército, a las órdenes del general Martínez Anido, y obreros anarquistas. La patronal contrató pistoleros para asesinar a los dirigentes obreros. Juicio a Ferrer i Guardia

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